Declarar la indisponibilidad
Ya no hay mente ni adrenalina que resista. A favor del desinterés y de elegir de una cosa por vez.
Hace unos días vi en el cine “El testamento de Anne Lee”, y Mother Anne repetía una máxima: “hay un tiempo para cada tarea y un lugar para cada cosa”. Más allá de la película, me llevé esa frase en el cuerpo. No fue casualidad: esas dos horas en el cine fueron el tiempo-espacio que el mensaje necesitó para hacer carne.
Al salir sentí, por contraste, nuestra intemperie: el ruido constante de la hiperinformación y de la logística diaria: de vuelta al mundo que nos abruma con el calendario online, los chats multi y monotemáticos, las logísticas domésticas. Todo esto mezcladito con per-ma-nen-tes noticias que van desde el último bombardeo al nuevo tratamiento de skincare. Todo en una frecuencia de saturación y que nos exige acciones y reacciones equiparadas. Todas igual de urgentes, todas a la vez todo el tiempo. Todo, todas, en todos lados. Todo opuesto a como me decía minutos antes Mother Anne.
Así no hay mente, niveles de adrenalina en el cuerpo ni ética que resista a este mundo; estamos agotados, pero en guardia.
Lo que quiero decir aún cuando quiera hacer una sola cosa a la vez, en mi interior decir “eso no me interesa” se siente como una deserción. Porque en este mundo del “siempre se puede hacer algo”, la información ya no es un dato; es una tarea pendiente. Sentimos que si algo es ético (en términos amplios) o necesario (en términos amplísimos), tenemos la obligación moral de accionar. Así, la barrera entre lo propio y lo ajeno se vuelve difusa. Nos licuó el criterio.
Y ese “hacer” tiene que ser visible, (con altas expectativas, como ya escribí) monitoreado por un termómetro invisible: el “qué tan”. Qué tan fit, qué tan feminista, qué tan buena madre o humano de tu mascota sos. El mundo nos audita constantemente y, para qué mentirnos, nosotros a él.
Ante esa fiscalía de la mirada ajena, la única respuesta es la huelga. No de brazos caídos, sino de atención. Poner un filtro no es volverse indiferente; es decidir cuáles de los llamados a la acción nos pertenecen.
O NO.
Ahí es donde vuelve y vuelve: “un tiempo para cada tarea y un lugar para cada cosa”. La clave es recuperar la capacidad de situarnos. ¿Desde dónde parto yo? ¿Cuál es mi contexto real? ¿Cuál es mi disponibilidad y mi deseo de atender esa demanda? Si no respondo esto, cualquier estímulo se convierte en una deuda que me drena la capacidad de estar.
Mi contexto real no son las redes ni las nuevas tendencias, ni la BBC y sus alrededores; es mi historia, mi casa, mis afectos, mis posibilidades e imposibilidades. La huelga es un ejercicio de desobediencia estética y política: recuperar la noción de no estar obligados a tener una opinión formada sobre lo que no conocemos. El derecho a que, sencillamente, no me interese.
Si no hay un lugar para cada cosa, terminamos por no habitar ningún lugar. La huelga empieza recuperando una presencia a la medida de nuestros propios deseos. Nos preguntamos qué queremos hacer con nuestra vida, como si fuera una lista de tareas por completar. Pero quizás la pregunta urgente sea otra:
¿A qué le decimos hoy que ya no tiene lugar?
——————-
Notas mías relacionadas a este tema:
Sobre lo propio y lo ajeno: Los sueños de Grete Sterne
Sobre las expectativas: Abajo las expectativas, arriba la dulzura.

