A pedir se aprende
¿Y si el problema no es que el otro no entiende, sino que nunca se lo pediste? Por qué pedir es el riesgo necesario para que el otro, finalmente, nos encuentre.
Empiezo con una anécdota y vamos al gran tema de pedidos, te pido que confíes.
Terminamos de cenar y les dije: “chicos, levanten de la mesa por favor” y salí de la cocina. A los cinco minutos, cuando volví, estaban todos los platos con restos de comida, vasos y fuentes con comida sobre la mesada. La mesa sucia y las botellas de agua todavía ahí. Me enojé; porque hay noches en las que “bajo la persiana”. Les pregunté si les parecía que eso era lo que les había pedido y los tres respondieron que sí, que les había pedido que levantaran de la mesa. Me enojé más todavía, porque sentí que me estaban cargando. Quedaba todo el trabajo por hacer, el más pesado, de guardar las cosas en los tuppers, tirar las sobras de los platos y lavar. Todas acciones que yo esperaba que ellos, ya con edad más que suficiente, hicieran. Me fui a dormir cansada y enojada.
Al otro día me quedé pensando en esa respuesta tan simple y que a mí me pareció irónica. Yo me tenía que hacer cargo de que en mi pedido, había dejado casi todo implícito. Quienes tienen hijos, dirán: pero es obvio, se los pido todos los días, ellos saben. Sí, todos saben, sabemos, sabrán.
Esa mesa sucia es el espejo de tantos otros (no) pedidos que dejamos a mitad de camino por darlos por sentados, porque no nos damos cuenta o porque no nos animamos a hacerlos. Si en una nota anterior explorábamos esa seguridad instintiva que nos avisa cuándo ya no es por ahí —un proceso que sucede hacia adentro—, hoy me toca pensar en el movimiento necesario hacia afuera: a pedir se aprende.
Porque cuando uno espera que alguien haga algo de una manera y en un momento determinado, el pedido requiere de diálogo. Pedir a nuestros pares es fortalecer o rever los contratos implícitos o explícitos que tenemos hechos hace tiempo.
A pedir en el trabajo. Ahí sí, definir para cuándo, de qué forma ejecutarlo. Es dificilísimo y requiere también consensuar. Puede ser contraintuitivo porque estamos acostumbrados a la jerarquía. Sin embargo, el “te tiro una tarea por la cabeza” no es un pedido, es una orden. Si es una orden, no hubo posibilidad de rever posibilidades ni viabilidad. Es muy probable que un pedido mal hecho deje frustrado a un jefe y mucho más frustrado a quien ejecuta la tarea por haber trabajado y perdido su tiempo.
A pedir en la pareja: el “me gusta esto, pero le doy señales y no las entiende” ocurre mucho. Y no, hay que pedirlas.
El pedido en nuestras cabezas es reclamo, se transforma en resentimiento.
El pedido explícito da lugar a un sí o a un no. Decirlo es difícil pero da la posibilidad de que el otro se haga cargo de ese pedido, y a una, poder soportar la respuesta.
También el pedido en la intimidad (pueden ver a la Lic. C, genia y a la ya eminente Esther Perel): “Ah, mirá, era por acá”. Y el otro o la otra responde: a ok, o no. Y qué lindo es pedir, y qué lindo es que te pidan. Pedir y que te pidan puede ser un acto de amor. Quien no pide se queda con las ganas. Y que nos pidan nos hace sentir necesitados, incluso queridos.
Pedir es el riesgo de exponernos, el riesgo (de lo que hablábamos en la nota anterior) a que nos devuelvan un sí o un no. Y también es darle entidad a la otra persona, y única forma de acordar y construir en los vínculos. Recibir un “sí” honesto o un “no” necesario y alejarnos de un silencio incierto. Peor aún, de una insatisfacción crónica.
Y vos, ¿qué es eso que hoy no estás pidiendo y, sin embargo, esperando?


